| Carta de una madre gallega | Cuento de la India |
| Leyenda arabe | El caminante |
| El trágico final de un ilusionista | Las avispas y las perdices |
| Herencia |
Hector J. Medina, desde México nos manda esta:
Leyenda arabe
Dos amigos muy queridos iban por
el desierto.
El desierto, siendo lo que es, le jugó una mala pasada y perdieron el camino del oasis,
teniendo que caminar dobles jornadas para llegar al siguiente sin morir. Cuando se dieron
cuenta, el amigo que no había puesto atención, propinó terrible bofetada al amigo que
supuestamente iba cuidando el curso. El abofeteado, muy dolido; sólo escribió en la
arena:
"Hoy mi amigo me golpeó en la cara"
Caminaron y caminaron hasta que llegaron al siguiente oasis y entonces el amigo que había sido golpeado, resbaló y cayó a las aguas profundas y con sus ropas mojadas estaba por ahogarse. El otro amigo se lanzó al agua y arriesgando su vida salvó la del amigo distraído.
Entonces el distraído, mojado y abofeteado, sacó su daga de damasco y la usó, casi arruinándola para escribir en la piedra:
"Hoy mi amigo me salvó la vida"
Un poco intrigado por ese gesto,
el golpeador/salvador le preguntó:
"Porqué has escrito mi mala acción en arena y mi buena acción en piedra?"
El otro contestó:
"Porque las malas acciones hay que escribirlas en las arenas del olvido para que los vientos del perdón las borren para siempre; en cambio, las buenas acciones hay que escribirlas en el granito del corazón para que sean cimiento y fundamento de edificios maravillosos y que nunca se nos olvide lo que hemos recibido"
Gracias, Hector
El trágico final de un ilusionista
El público que abarrotaba el teatro Wood Green Empire de Londres la noche del sábado 23 de marzo de 1918 esperaba con ansiedad el acto de magia de Chung Ling Soo; "atrapar" entre los dientes dos balas disparadas y después escupirlas en un plato.
Se hizo silencio cuando dos asistentes -- uno de ellos la esposa de Soo, de aspecto oriental -- cargaron sus rifles con balas de plomo marcadas por dos personas del público. Apuntaron, dispararon y en lugar de oír el sonido metálico de las balas al caer al plato, vieron cómo una bala daba en el pecho del mago, que tambaleándose caminó hacia los bastidores. Fue llevado a un hospital cercano, donde murió al dia siguiente, a los 58 años de edad.
Soo, que en realidad era un neoyorquino llamado William Ellsworth robinson y estaba casado con una inglesa, habia presentado con éxito su acto de ilusionismo cientos de veces en teatros de ambos lados del Atlántico. Cada uno de sus rifles de avancarga tenía un tubo de acero adaptado al cañón para sujetar el cargador cuando no se usaba. Era ese tubo -- con una carga vacía -- el que se disparaba, no el cañón del arma.
El truco de las balas marcadas era aún más ingenioso; una asistente caminaba entre el público y le pedía a dos personas que marcaran las balas que ella llevaba en un cubilete, el cual tenía un fondo falso que contenia otro par de balas ya marcadas por Soo. Eran estas balas las que otros dos concurrentes parados en el escenario cargaban en los rifles, y las otras permanecían dentro del cubilete.
El mago tenía oculto en la boca un tercer par de balas marcadas. Cuando sus asistentes disparaban, él las escupía al plato y luego las mostraba a los voluntarios que habían subido al escenario; éstos ratificaban que tenían una marca, aunque desde luego no sabían la de quién. La asistente de Soo ponía las balas en el cubilete y volvía a bajar a las butacas; entonces accionaba el fondo falso por segunda ocasión y mostraba a los dos primeros voluntarios las balas que ellos habían marcado.
El acto parecía infalible, pero aquella noche aciaga la detonación del fulminante de uno de los rifles encendió por accidente tanto la carga vacía del tubo de acero como la carga activa del cañón; el uso frecuente había dañado el interior del arma y provocado que la pólvora alcanzara este último.
La culpa fue del propio Soo, que temeroso de compartir sus secretos con un armero, había insistido en dar mantenimiento él mismo a los rifles.
Un padre casó a su hijo y le dió toda su fortuna. Quedóse a vivir el padre con los recién casados, y así pasaron dos años, al cabo de los cuales nació un hijo de aquel matrimonio.
Fueron luego sucediéndose los años, uno tras otro, hasta catorce. El abuelo, valetudinario, ya no podía andar sino apoyado en su bastón, y se había conquistado la aversión de su nuera, la cual era muy orgullosa, y decía a cada paso a su marido:
- Yo me voy a morir si vuestro padre continúa viviendo con nosotros. No puedo sufrirle por más tiempo.
El marido se fué a encontrar a su padre y le dijo: - Padre; salíos de casa. Ya os hemos mantenido por espacio de doce años o más. Idos a donde queráis. - Hijo, no me eches de la casa; soy viejo, estoy y nadie me querrá. Por el poco tiempo que para vivir me queda, no me hagas esta afrenta. Me contento con que me des un poco de paja para descansar y un rincón para tenderme.
- No es posible. Idos. Mi mujer lo quiere.
- Que Dios te bendiga, hijo mío. Me voy porque así lo quieres, pero al menos dame una manta para abrigarme, pues voy muerto de frío.
El marido llamó a su hijito.
- Baja al establo, le dijo, y dale a tu abuelo una manta de los caballos con que pueda abrigarse.
El niño bajó al establo con su abuelo, escogió la mejor manta de los caballos, la mayor y la menos vieja, la plegó por mitad, y haciendo que su abuelo sotuviera una punta, comenzó a cortarla en dos, sin hacer caso de lo que el anciano le decía.
- Qué has hecho niño?, le dijo el abuelo. Tu padre quería que me la dieses entera. Voy a quejarme a él.
- Haced lo que gustéis, contestó el muchacho.
El viejo sale del establo, y buscando a su hijo, le dice:
- Tu hijo no ha cumplido tu orden. No me ha dado más que la mitad de una manta.
- Dásela por entero, le dice el padre al muchacho.
- No por cierto, contestó el chico. La otra mitad la guardo para dárosla a vos cuando yo sea mayor y os arroje de casa.
El padre, al oír esto, llamó al abuelo, que ya se marchaba.
Volver, volver, padre mío, le dijo. Os hago señor y dueño de mi casa, lo juro por San Pedro. No comeré yo un pedazo de carne sin que vos no hayáis comido otro. Tendréis un buen aposento, un buen fuego y vestidos como los que yo llevo.
.-- Moraleja........ Que cada uno saque sus propias conclusiones.
Un chacal, por nombre Chandavaro (el del feroz rugido), habitaba en un lugar de cierto bosque; un día, atormentado por el hambre, entró en la ciudad buscandop comida; pero perseguido por unos perros y temiendo perder la vida, se refugió en casa de un tintorero y fué a caer en una gran caldera de añil que aqué tenia preparado, de la cual salió cambiado el color de su piel; huyeron entonces los perros, temerosos de aquel animal desconocido para ellos. Chandavaro vivió en adelante en el bosque, pues nunca le abandonó el tinte del añil, pues se ha dicho:
El hormigón, el necio, y el cangrejo se te pegan de modo tenaz, lo mismo que los peces, el añil y los borrachos.
El león, el tigre, la pantera, el lobo y los demás habitantes de las selvas, viendo en Chandavaro cualidades extraordinarias y desconocidas, se prepararon a huír, pues se ha dicho:
El sabio que desea ser feliz no debe fiarse de aquél de quien desconoce el género de vida, la familia y la fuerza.
El chacal, viendo esto, se dirige a ellos y les dice: ¡Oh, animales!, no huyais asustados, porque hoy el mismo Brahma, llamándome, me dijo: "puesto que no existe rey de las fieras, tú hoy eres consagrado por mí como rey de ellas, llamándome Kakudruma; marcha, pues, por la superficie de la tierra y proteje a todas ellas". Oyendo esto, los animales todos, precedidos por el leó,, dijeron: "¡Oh, señor y dueño! manda".
Chandavaro, por su autoridad de rey, repartió los más importantes cargos de su palacio entre el león, el tigre, la pantera, el elefante y el mono, y distribuyó entre los animales un ciervo, excluyendo a los chacales, que fueron expulsados.
Pasado cierto tiempo, estando Chandavaro en una reunión, oyó a lo lejos un fuerte ruido de chacales, y experimentó un placer tan grande, que llenándosele los ojos de lágrimas, se puso en pie y comenzó a gritar fuertemente.
Entonces el león y los demás animales dijeron: ¡Oh! este no es un animal desconocido, sino un miserable chacal; e irritados por el engaño, se apoderaron de él y lo despedazaron.
El que abandona a los suyos y toma a los extraños como si fueran de los suyos, encuentra en verdad la muerte como el rey Kakudruma.
Un caminante, habiendo andado largo camino, ofreció que si algo se hallaba, daría a Mercurio la mitad de ello. Hallándose, pues, un zurrón lleno de dátiles y de almendras, tomólo y comióse así los dátiles como las almendras. Y a Mercurio dióle de los dátiles los huesos y de las almendras, las cortezas, poniéndolas sobre su altar, y dijole: - Ya tienes, Mercurio, lo que ofresí; pues de lo que me hallé parto contigo, así lo de dentro como lo de fuera.
Las avispan y las perdices, muertas de sed, fueron a un labrador, regándole que les diese con qué matar la sed y prometiéndole que en recompensa del agua que les diese, le harían este servicio: las perdices, que le cavarían sus viñas, y las avispas, que yendo alrededor de las viñas con sus aguijones, le echarían de allí a los ladrones. A las cuales respondió el labrador. - Pues yo tengo un par de bueyes que no me ofrecen nada, pero que todo lo hacen. Mejor será, pues, dar el agua a ellos que a vosotras.
Seguiremos.......................